Un instrumento de cercanía

Von Stefan Kaegi

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Me imagino un teatro que se hace con 500 personas en una sala de juicios original. Me imagino un público que, como una horda conduciendo en bicicleta, coreografía de nueva cuenta la vida en un parque. Directores que desarrollan performances holográficos en laboratorios de una universidad tecnológica con investigadores. Una compañía compuesta por ciudadanos siempre distintos que recorre el país en un teatro móvil especial para escenificar el vacío fuera de la ciudad.

Ir al teatro significó durante mucho tiempo despedirse de la cotidianidad, cambiar el abrigo en el guardarropa por el derecho a la pasividad. Sentarse en un auditorio oscuro y ver hacia el frente, donde genios virtuosos retrataban la vida tan bien como se podía.

Pero desde entonces han surgido nuevas concepciones de representación, nuevas formas de lo público, nuevos escenarios. Se han desarrollado nuevos idiomas, nuevos signos, nuevas necesidades de participación. Una generación entera ha crecido entretanto con las redes sociales, en las que la experiencia se comparte en lugar de ser comunicada desde arriba. Hoy, la interpretación del mundo ya no llega en forma impresa al buzón de correo o como comunicación de un solo sentido por la televisión. En este mundo, el teatro tendría que ser más que un escenario brillantemente iluminado desde el cual se predique hacia el patio de butacas.

El teatro está [es] vivo, se actualiza con cada función nuevamente y puede así reaccionar más rápido que el cine o la arquitectura a los nuevos estados de agregación de la sociedad. El teatro puede acercarse más a la realidad como juego de roles, visita domiciliaria o paseo citadino... Para ello no necesita por lo pronto más infraestructura, sino menos. El teatro no necesita cada vez vestuario, maquillaje, carpintería, reflectores o escenografía. El teatro no sólo es actuado por actores profesionales y no siempre quiere volverse parte del repertorio. El teatro no necesita empezar siempre a las ocho de la noche.

Me imagino una institución-guerrilla pequeña y flexible. Un par de oficinas, salas de juntas, un par de apartamentos para artistas que viajan y un espacio que pueda ser utilizado con flexibilidad como central para los proyectos y laboratorio o sitio de encuentro. Una pequeña plantilla fija de directores de producción, especialistas de comunicación, dramaturgistas y conectores, y además un fondo lo más grande posible de medios para proyectos, que sean empleados y proporcionados flexiblemente.

A partir de esto podría surgir un teatro municipal que se gane su nombre: un teatro en el que la ciudad actúa. Y un teatro que actúa en la ciudad. O fuera de ella. Un teatro que primero tiene ideas y luego reúne al personal. Un teatro que de vez en cuando también encuentre su escenografía y contexto en el mundo exterior, en lugar de materializarlo siempre en los mismos talleres y con el mismo personal para el siempre idéntico mundo interior.

Me imagino un teatro en el que la relación de representación esté al revés. En el que no sean sólo unos cuantos quienes sobresalgan en la vida con ayuda del arte, sino uno en el que el teatro tenga un rol para preparado para todos. Un laberinto de arcos de proscenio [portales] por los que desfile toda la ciudad. No se necesitan más teatros en los que se reúnan siempre las mismas personas, sino un teatro en el que la ciudad se encuentre consigo misma – evidentemente bajo las reglas de juego del arte, las cuales permiten que uno se entienda y se interprete de manera distinta.

Iglesia, tren fantasma, albergue nocturno de emergencia, club de ping-pong, parlamento

Nada de esto es nuevo o imposible. Leibniz ya tenía visiones de una ciudad al modo de un parque teatral experimental. Hace cinco años, cuando Gales fundó su primer Teatro Nacional, la dirección artística no mandó construir un edificio con butacas fijas sino que reclutó a una plantilla mínima de empleados permanentes que realizaban anualmente doce producciones con elencos cambiantes en todos los rincones del país: en viajes en coche, lejanos condominios, pueblos mineros y antiguos burdeles.

Desde que se decidió la nueva construcción del Nowy Teatr en Varsovia, que no obstante no se ha traducido en edificación, esta institución ha puesto en marcha – junto a las grandes producciones internacionales en gira – también algunos proyectos sorprendentemente íntimos y de lugar específico [site specific] en la ciudad.

En Alemania son generalmente los festivales los que poseen lugares intermedios en la ciudad. Pero, ¿qué queda de ellos cuando se desmontan estos centros temporales? Yo me imagino un teatro que tenga mayor aliento que las bienales, las cuales terminan cuando apenas empiezan a surtir efecto. Los proyectos requieren muchas veces de un largo aliento y se merecen más espectadores que sólo mirones de eventos.

Para mantener esta continuidad visible, criticable y presente, me imagino un teatro como un espacio que no sea demasiado grande y que no tenga butacas fijas. Que algunas veces funcione como salón de eventos, a veces como salón de ensayos, a veces sólo como trampolín para saltar a la ciudad, como ventanal. Como un espacio que en ocasiones se transforme durante semanas para las funciones y genere espacios sociales. Que sea en ocasiones sala de exposiciones, alguna vez una iglesia, otra vez un tren fantasma, la sala del congreso, refugio nocturno de emergencia, club de ping- pong, parlamento o incluso alguna vez – por qué no – un teatro a la italiana. Sus presentaciones duran en ocasiones varios días, a veces sólo diez minutos. Son visitadas por espectadores, son observadas, a veces incluso utilizadas, recreadas o actuadas.

En este espacio el teatro podría invitar a artistas indios o rusos, venezolanos o congoleses para que desarrollen espectáculos con la gente de la ciudad: recién llegados que hagan del teatro lo contrario de la televisión, ¡que lo conviertan en un instrumento de cercanía! En este teatro surgen nuevas presentaciones,

apadrinamientos, nuevos estados de presencia, nuevas formas de testimonio. Hacer teatro aquí no significa necesariamente que unos actúan y otros observan, sino que en ocasiones también se lleva a cabo un juego real con muchos participantes, un juego cuyas reglas no se asumen simplemente del pasado, sino que cada vez son inventadas de nuevo. Esto sería entonces: hacer teatro.

* Stefan Kaegi, nacido en 1972, pertenece al colectivo teatral Rimini Protokoll. La instalación Situation Rooms fue invitada en 2014 al Theatertreffen (Encuentro de Teatro en Berlín).

Texto publicado originalmente en el anuario 2014 de la revista Theater heute

http://www.kultiversum.de/Theaterheute/Stefan-Kaegi-Ein-Instrument-der- Naehe.html

Traducción: María Fernández Aragón